22 DE NOVIEMBRE DE 2011 Me monté en el tren de aquel martes a las 14:05 para llegar con tiempo a mi destino. Iba muy adormilada porque acababa de comer y a esas horas lo único que me apetecía era una pequeña siesta en el sofá, no estar en el tren con 50 desconocidos en el mismo vagón, que para rematar ese día me tocaría ir de pie, porque estaba completamente lleno de estudiantes. Ese día coincidí con un grupo de estudiantes de publicidad de Alcalá de henares, que estaban discutiendo acerca de un trabajo que tenían que exponer ese día. Yo únicamente observé las distintas opiniones y valoré las distintas críticas. Recuerdo que el tema a tratar era acerca de lo importante que era la publicidad para llamar la atención del hombre, pero sobre todo la del niño. Ellos estaban disgustados porque consideraban que muchos niños habían llegado a casos extremos de obesidad a causa de ciertos anuncios de comida basura. Otros también tenían en cuenta que en la televisión aparecía cierta publicidad que no estaba hecha para los niños. La conclusión de muchos de ellos era que había que controlar todos aquellos anuncios que pudiesen perjudicar sobre todo a los más jóvenes. Yo me mantuve apartada reflexionando sobre todo aquello que era un tema bastante interesante y llegué a la conclusión de que, si se conciencian a los niños de lo que hay en la televisión en la escuela, se solucionarían muchos problemas. Nosotros sabemos que la televisión es uno de los “juguetes” favoritos de un niño de nuestra época, pues como dice mi profesora “si no puedes con tu enemigo, únete a él, y además critícalo”, con esto quiero decir, que si la televisión también la llevamos a la escuela y dejamos que los niños se den cuenta de la cantidad de engaños que cometen los anuncios, podría convertirse en un instrumento muy positivo para la educación audiovisual de los niños.
Me monté en el tren de aquel martes a las 14:05 para llegar con tiempo a mi destino. Iba muy adormilada porque acababa de comer y a esas horas lo único que me apetecía era una pequeña siesta en el sofá, no estar en el tren con 50 desconocidos en el mismo vagón, que para rematar ese día me tocaría ir de pie, porque estaba completamente lleno de estudiantes. Ese día coincidí con un grupo de estudiantes de publicidad de Alcalá de henares, que estaban discutiendo acerca de un trabajo que tenían que exponer ese día. Yo únicamente observé las distintas opiniones y valoré las distintas críticas. Recuerdo que el tema a tratar era acerca de lo importante que era la publicidad para llamar la atención del hombre, pero sobre todo la del niño. Ellos estaban disgustados porque consideraban que muchos niños habían llegado a casos extremos de obesidad a causa de ciertos anuncios de comida basura. Otros también tenían en cuenta que en la televisión aparecía cierta publicidad que no estaba hecha para los niños. La conclusión de muchos de ellos era que había que controlar todos aquellos anuncios que pudiesen perjudicar sobre todo a los más jóvenes. Yo me mantuve apartada reflexionando sobre todo aquello que era un tema bastante interesante y llegué a la conclusión de que, si se conciencian a los niños de lo que hay en la televisión en la escuela, se solucionarían muchos problemas. Nosotros sabemos que la televisión es uno de los “juguetes” favoritos de un niño de nuestra época, pues como dice mi profesora “si no puedes con tu enemigo, únete a él, y además critícalo”, con esto quiero decir, que si la televisión también la llevamos a la escuela y dejamos que los niños se den cuenta de la cantidad de engaños que cometen los anuncios, podría convertirse en un instrumento muy positivo para la educación audiovisual de los niños.